viernes, 28 de noviembre de 2014

DESTINOS CRUZADOS


Llueve, hace mucho frío, el hombre solo tiene en su mente un vago recuerdo de lo que fue aquel cuerpo…femenino, suave y sensual. Se levantó de la cama y como todas las mañanas se dirigió a darse un baño. Ya desnudo se paró delante del espejo, no era lo que se dice la mejor de las visiones, le ardían los ojos y sentía la boca pastosa.
-¿Y ahora qué?-, le preguntó al que lo miraba desde el espejo.
-…
-No importa si no contestas.
Abrió la canilla de agua fría, y el golpe helado terminó de despertarlo. La soportó estoicamente y luego fue abriendo poco a poco la de agua caliente, el vapor inundó el cuarto de baño. Ya seco se miro al espejo nuevamente y decidió no afeitarse. Eligió la ropa sin ver, unos jeans gastados, zapatillas, un suéter abrigado de color negro y un sobretodo. En menos de dos minutos se encontró caminando en la vereda. La lluvia había cesado, el frío seguía, agosto no es un mes cómodo en su almanaque mental. Mientras caminaba esquivaba los pequeños charcos de agua que siempre se forman en la vereda de su barrio. Todo era agua y gris, como sus ojos. Entró en el bar que se encontraba en la otra cuadra y se sentó al lado de una ventana, de allí podría observar a la gente, parte de la ciudad o la nada misma. Pasó el tiempo, la taza de café estaba vacía y el cenicero cobijaba cuatro colillas. Los recuerdos lo invadieron nuevamente, como es costumbre últimamente, “cuanto amor había dado ¿Será esa mi constante? la de brindarme por entero ¿A favor mío o de otro?” pensó el hombre.
De un taxi descendió una joven, hermosa, al menos para él. Entró en el bar y se sentó en la mesa de enfrente. Tenía la mirada perdida al igual que sus pensamientos. “Me parece que no soy el único ser solitario” pensó el hombre. Sin más preámbulos se dirigió hasta la mesa donde estaba la joven y se sentó.
-¿Molesto?-, le pregunto mirándola fijamente a los ojos.
-No...No molestas, me da lo mismo-. Respondió reteniendo un poco la mirada para luego bajarla. Un tenue rubor cubrió su rostro.
Hablaron del tiempo, la crisis actual y la violencia, de música y de cine, entre varios temas más. Los cafés se sucedieron y tomaron cuenta que aún no se habían presentado.
-Me llamo Mirta ¿y vos?
-Roberto y la verdad creo que me encuentro solo igual que vos ¿o me equivoco?-, pregunto el hombre mientras encendía un cigarrillo.
-Puede ser, sos buen observador-. Respondió la joven, mientras revolvía un café inexistente.
-Aunque no reniego de mi soledad, por momentos la amo-, dijo Roberto cerrando el puño derecho.
Ella sonrió por la aclaración y le contó que tampoco le molestaba estar sola, aparte estaba estudiando y le venía bien para preparar unos finales que tenía que rendir. Él le dijo que estaba estudiando periodismo y que escribía de vez en cuando en una revista de actualidad, aunque su sueño era poder editar un libro. Le dijo también que en el fondo era un romántico, tenía una novela escrita, solo faltaba el visto bueno de alguna editorial.
-¿Estas enamorado de alguien?-preguntó Mirta.
-Si, de la vida. Lo que pasa es que soy un tipo medio extraño, veo las cosas de otra manera y eso es lo que la gente no entiende de mí. Siempre digo que la persona que quiera estar conmigo tiene que aguantarse mis rayes. Es lindo estar acompañado, pero a veces me viene ganas de estar solo, y eso no lo puedo evitar-. Aclaró Roberto moviendo negativamente la cabeza.
-La soledad creativa que le dicen ¡estoy solo y pienso!-, dijo Mirta, extendiendo los brazos para luego apretarse las sienes y cerrar los ojos.
-Es verdad, aunque te parezca gracioso es así. Además lo aprovecho para hablar solo, locura principiante quizás-, comentó el hombre, señalándose la cabeza.
-Que interesante, ¿y te pones de acuerdo alguna vez?
-Hay veces en que me dan ganas de agarrarme a trompadas…- dijo el hombre, mirándola seriamente y luego estallaron en carcajadas.
-La verdad que estás loco… bueno me tengo que ir a estudiar, me gusto la charla-, dijo la joven mientras se ponía de pie.
-A mi también, toma, si queres llamame-, dijo Roberto y le alcanzó una tarjeta.
-Okay, chau loco-, dijo Mirta, mientras se agachaba y le daba un beso en la mejilla.
“Ahora quiero estar acompañado, ojala me llame” pensó Roberto mientras observaba como la joven subía al taxi y se marchaba. Llamó al mozo, pagó y se retiró del bar. Caminó sin dirección, saboreando el viento frío que pegaba en su cara y pensando en Mirta. Se estaba enamorando, lo sabía por esa rara sensación que sentía en su pecho.
Habían pasado dos semanas y de la revista le anunciaron a Roberto que tendría una columna fija, además, había una editorial interesada en publicar su novela. Faltaba algo, lo sabía, tenía que llamar a Mirta, lo hizo al día siguiente, era jueves por la mañana. Se habían visto un par de veces más y solamente se habían besado a través de las miradas, era algo especial e intenso. Él le contó todas las buenas noticias, y también le dijo que la amaba y quería que viviesen juntos. La respuesta fue positiva, ella le dijo que no había dejado de pensar en él. Quedaron en verse el sábado, en el bar donde se conocieron y arreglarían todo lo concerniente a la convivencia.
El viernes al mediodía Roberto recibe un llamado al teléfono de su departamento.
-Hola ¿Quién habla?
-¿Roberto García?-, pregunta una voz gruesa del otro lado de la línea.
-Si ¿Qué desea?
-Mire, soy el Doctor Manuel González, de la Clínica Rivadavia, en los documentos de la señorita Abad encontré su tarjeta, lo llamaba para decirle que Mirta Abad tuvo un accidente ¿Usted la conocía?- El término en pasado alertó a Roberto, su corazón latía a mil por hora.
-…
-Hola, hola ¿La conoce?
“Este tipo está jugando conmigo, la conocía, la conoce” pensaba Roberto- ¿se encuentra bien? atinó a preguntar.
-Si, si, no se preocupe, solo hay un problema- el médico esperó una pregunta, como no la hubo siguió hablando- Son sus piernas…no responden, ah no le expliqué, ella fue atropellada por un auto… ¿Hola, me escucha? ¿Hola?
Roberto había colgado y se disponía dirigirse a la Clínica Rivadavia. Buscó en la guía el teléfono de la misma y su dirección, “no está tan lejos” pensó. Ya en la acera bajo la lluvia pensaba, “cuando llegue a la clínica voy a hablar con ese doctor estúpido, Dios quiera que no sea nada grave”. Él no había alcanzado a oír lo referido a las piernas de la joven, mientras con sus manos temblorosas encendía un cigarrillo y llamaba un taxi.
-¡Rápido a la Clínica Rivadavia, por favor!
El taxista no se hizo rogar y partió velozmente, “pobre tipo, que mal se lo ve, espero que no se desmaye acá en el auto” pensaba el chofer.
Las luces de los semáforos comenzaban a reflejarse en el asfalto, la llovizna se transformó en diluvio, las bocas de tormenta no daban abasto, las calles empezaban a inundarse. Roberto confundió la luz de los faros con un relámpago, el golpe fue tremendo, algo frío atravesó su pecho, de repente vió todo rojo…todo negro.
El sol de enero se hacía sentir sin miramientos, la rehabilitación no había terminado todavía pero al menos, la joven se movilizaba con bastones. Mirta leía los versos de un poema que Roberto le había escrito.
“El aire se vuelve rosa
en mi soledad ondulante,
voy en ella y con ella,
sonriéndole a la muerte
hablando solo o con alguien,
pero a vos, sin dejar de amarte.” R.G
A pesar de ser verano el cementerio es frío, triste y gris. La novela “Dialogo con uno mismo” de Roberto García se había convertido en un gran éxito. Mirta había encontrado los originales en el departamento del escritor, escribió el prologo y la editorial lo publicó. Ella dejó el ramo de flores y se marchó, con lágrimas surcando su mejilla recordó las últimas palabras del libro, “hoy me encuentro bien en la libertad de mi soledad, que no es la muerte como muchos piensan”.

L. M. noviembre 1987.



ACTOS VOLUNTARIOS



I

Libros Sangrientos


Lunes 9 de julio de 2007, 4:00 p.m. En la ciudad volvió a nevar después de casi un siglo, el caprichoso designio de la naturaleza transformó el frío animo de la gente, ésta pobló calles y plazas con cámaras en las manos, festejando el natural fenómeno. Mientras tanto, no muy lejos de allí en un terreno baldío, un cuerpo, inerte, era arrastrado sobre el montículo de nieve que empezaba a acumularse sobre el césped, dejando tras de si una estela de color rojo, contrastando con el blanco paisaje.

Viernes 6 de julio, 9:00 a.m. Erica llega con el tiempo justo a su lugar de trabajo en un local ubicado en una moderna galería de compras del conurbano bonaerense. Ella tiene veintidós años e irradia frescura por cada uno de los poros de su esbelta figura, posee un rostro anguloso, ojos color miel, su largo cabello lacio se encuentra recogido en un rodete. Espera con ansias el día lunes, es su día de descanso y ella lo aprovecha para estudiar pues se encuentra en períodos de exámenes, está cursando el Profesorado de Historia en la Universidad Nacional del Conurbano. Mientras acomoda el mostrador del local es observada por un joven, él anota algo en una libreta, se acomoda su bufanda roja y se marcha. Paula trabaja en el local contiguo, su amplia cabellera enrulada y cobriza enmarca su cara redonda y blanca, se arrima a la puerta y comenta:
-¿Quién era ese chico hermoso que te miraba?
-¿Qué chico? No vi a nadie-. Responde Erica sorprendida.
-Dale, hacete la tonta, jaja-. Paula no había visto que el joven en cuestión en realidad estaba espiando a Erica y tomaba apuntes en su libreta. En ese momento entra un cliente al local de Paula y se apresura para atenderlo, Erica se queda observando el pasillo central imaginándose al ignoto caballero y no sabe porque, un frío recorre su espalda.
Viernes 4:30 p.m. Erica se dirige hacia la parada del colectivo que la llevará hasta su casa. El viento del invierno golpea en su rostro, debe atravesar la playa de estacionamiento la cuál tiene pocos vehículos, se da vuelta y observa que la garita de vigilancia está vacía, en ese momento recuerda que Pedro, tal el nombre del guardia, no había pasado por el local a saludarla, como todos los días lo hacía con cada uno de los empleados de ese sector de la galería.
Viernes 2:30 p.m. Pedro llega a la zona de vestidores para ponerse su uniforme, en ese instante un joven se presenta como oficial de policía y muestra su placa al guardia.
-¡Buenas tardes! Soy el teniente Lugo ¿Podría hacerle unas preguntas?
-¡Buenas! Pedro Ramírez, vigilancia, pregunte nomás-. Dijo el guardia, moviendo el brazo hacia si.
-¿Notó algún comportamiento extraño en la joven que atiende el local de canje de premios? La señorita…-el policía buscaba su nombre en una libreta.
-¿Erica Bauman dice usted? ¡No, que va! Esa chica es más buena que Lassie.
-Gracias, es lo que quería saber-.Dijo el oficial y se dio vuelta para sacar algo de su maletín. Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó Pedro, una flecha arrojada por una ballesta se le clava en la garganta y no puede emitir sonido alguno, solo un oscuro gorgoteo de sangre. Una nueva flecha traspasa su hombro izquierdo y clava a este contra el anaquel de madera que se encontraba a su espalda, con la mano derecha intenta sacarse el proyectil y otra nueva punta de acero se clava a la altura de su brazo derecho dejando al infortunado guardia con su cuerpo clavado contra la madera, el terror invade sus ojos, con pasmosa paciencia el agresor apunta su arma y con asombrosa precisión una flecha atraviesa el corazón de Pedro. El asesino se acerca a su víctima cuidándose de no pisar la sangre y arranca las cuatro flechas del cuerpo inerte, este se desploma pesadamente, golpea las varillas mortales contra el piso para sacarles los pocos restos de carne adheridos a ellas y luego las limpia en el pantalón del guardia, y las guarda en una bolsa de plástico, depositando todo su arsenal en un maletín. El fatal encuentro solo duró cinco minutos.
Viernes 5:00 p.m. Erica decide ir a la Universidad donde cursaba el profesorado, quería estudiar un par de horas con absoluta tranquilidad en la biblioteca, ésta se encontraba a unos cien metros de la entrada al campus, un poco más allá del módulo uno, el establecimiento se encontraba dividido en siete módulos. Al pasar por el primero se acuerda de retirar un certificado de examen por la oficina de alumnos. Ella conoce a Sergio, uno de los jóvenes que atienden en dicha oficina.
-¿Qué tal Erica? Hoy anduvo tu novio preguntando por vos.
-¿Mi novio?- Dijo Erica asombrada, Sergio no conocía a Mariano y este se encontraba visitando a sus padres en San Pedro, una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, además se encontraban un poco distanciados-¿Y qué quería?- pregunto la joven distraídamente.
-Si te había visto por acá, yo le dije que no, además le comenté que te estarías preparando para el examen de la semana próxima-, comento el joven.
“¿Quién carajo sos vos para andar diciendo lo que voy a hacer al primero que te pregunte?” pensaba Erica.
-Gracias por avisar, ahora lo llamo-. La joven giró sobre sus talones y se dirigió a la biblioteca mientras pensaba en lo sucedido “a la mañana alguien me observa en el local y ahora un ¿falso? novio, día raro hoy.”

    Entró en la biblioteca y revisó si tenía su tarjeta identificatoria que le permitía retirar libros. La cantidad y calidad de los mismos era bien conocida en el ambiente académico. El edificio constaba de dos plantas de mil ochocientos metros cuadrados cada una y un subsuelo. La mitad de la planta baja se encontraba ocupada por estantes con libros. En ella se encontraba la recepción, sala de computadoras, videoteca, también los armarios para dejar bolsos, carteras y mochilas. La planta superior, al igual que el subsuelo, estaba dividida entre mesas de lectura y estantes de libros. Pidió un libro que trataba la esclavitud en la antigüedad, se encontraba en la planta alta, al sentarse para leer, pudo observar que desde el fondo de la sala se aproximaba un joven el cual se acomodaba la campera y la bufanda roja que le cubría parte del rostro, pasó por detrás de la joven y se marchó. Erica pudo percibir el olor a humedad que dejo el hombre al pasar. Pasaron dos horas y la joven decidió marcharse. Al salir estaba por dirigirse hacia la izquierda, pero ese camino la llevaba a un pasillo que se asemejaba a un túnel, el cual se comunicaba con otras aulas y su salida estaba próxima al tercer módulo, a ella le producía pánico, dudó un instante y lo cruzó a la carrera y se dirigió al bar que se encontraba en la entrada del predio, frente a la sala de seguridad.
Viernes 9:00 p.m. El timbre en su celular sobresaltó a Erica que salía de darse una ducha, la joven se sentía relajada. La que llamaba era Paula.
-¿Dónde estabas? Tenías el celu apagado.
-Si, lo apagué cuando entré a la biblioteca y me olvidé, lo prendí recién ¿Qué precisabas?
-¡No sabes boluda lo que pasó!-exclamó la amiga desde el otro lado de la línea.
-Te enganchó tu novio ¡Con otro!
-No tonta, caete de culo, lo encontraron a Pedro, el guardia, en donde se cambian ellos ¡Muerto!
-Noo ¿Fue un ataque?
-Ojalá, fue un asesinato, tenía cuatro agujeros, no se sabe si fueron balazos o que-. Del otro lado de la línea Erica se quedó perpleja, con la boca abierta, no lo podía creer- Nadie vio nada, no sabes el quilombo que era la galería, bueno mañana nos vemos, chau.
-Besos-. Erica tragó saliva y se recostó en su cama, miraba el techo como buscando una respuesta a la única pregunta que se le ocurría “¿Por qué?”.
A esa misma hora en el otro extremo de la ciudad, Sergio caminaba rumbo a su casa pensaba en Erica “ella se sorprendió cuando le dije lo del novio, para mi que nunca se imaginó que la iría a buscar a la Universidad, que lomo que tiene la guacha, y esos ojazos claros me matan”. Al dar la vuelta en la esquina se sobresaltó, desde atrás de un árbol surgió una figura masculina, llevaba un maletín, tenía puesta una campera oscura y una bufanda roja, Sergio lo conocía, lo había visto a la tarde en la oficina de estudiantes.
-Hola ¿Cómo andas, vivís por acá vos? ¿O te trajo el frío? Jaja.
-Simplemente no me gusta dejar cabos sueltos-. Contestó el misterioso joven, apoyó el maletín en el piso y lo abrió. Rápidamente apunto a Sergio con una ballesta.
-¿Qué te pasa loco?
-A mi nada, a vos te va a pasar-. Acto seguido disparó. La flecha se le clavó a Sergio en la boca abierta, dio dos pasos hacia atrás tratando de sacarse el proyectil y otro se le clavó en los testículos y un tercero le perforó el corazón. El asesino pacientemente retiró las flechas del cuerpo y las metió en una bolsa de plástico y se alejó del lugar. Unos perros ladraban como únicos testigos.

Sábado 7 de julio, 9:00 a.m. Paula le narró a Erica con lujo de detalles lo sucedido el día anterior. También dijo que un policía contó que hace dos años ellos tuvieron que investigar tres homicidios parecidos, pero aquella vez las víctimas habían sido mujeres de buena posición económica y que antes de matarlas, el asesino mantuvo relaciones sexuales con dos de ellas, en ambos no pudo encontrarse restos de semen, habría usado preservativo. Esto no impidió encontrar el ADN del criminal, se lo encontró debajo de las uñas de una de ellas y en cabellos encontrados en la escena de los otros dos crímenes, a la tercera la torturó antes de acabar con su vida. El crimen del guardia fue el comentario obligado de la galería comercial.
Por la tarde luego que Erica se retirara, en el local donde trabaja Paula entró un joven preguntando por aquella, dijo que eran compañeros de estudios y se le había hecho tarde, tenían que reunirse para preparar un examen. Paula estaba segura que había visto al joven pero no se acordaba donde.
-¿No te conozco de algún lado?
-No, no creo-. Contestó el joven, algo inquieto por la pregunta-. Es la primera vez que vengo por acá y con Erica nunca te vi, y no sos una mujer fácil de olvidar-. Paula pasó por alto el halago.
-Se fue a la casa-. Respondió la joven con la mejor de las sonrisas, y pensaba “que rico caramelo”.
-Me gustaría verte de nuevo-, dijo el joven,-pero sin tanto apuro, no se, podríamos charlar, tomar algo.
-Si es para charlar nada más, bueno, sabes donde encontrarme-respondió Paula mirándolo fijamente.
-Si, te prometo que nos volveremos a ver-. Dicho esto el joven dio media vuelta y se marchó.
Cuando salía del local miró hacia ambos lados del pasillo y no vio a nadie. A él lo pudo observar Roberto, el guardia que cubría el puesto del fallecido Pedro luego de su muerte, al cual le pareció sospechosa la actitud, en la galería comercial se realizaba una ronda cada hora.
Sábado 7:00 p.m. Erica está a punto de ingresar a su hogar, cuando desde un auto le hacen señas para que se detenga un instante. Era un hombre de unos cincuenta años, Javier Bengoechea, viudo, teniente de la policía de la provincia de Buenos Aires, de la Brigada de Investigaciones, dependiente del juzgado de San Isidro, bastante locuaz, pero parco con los periodistas, sigue creyendo que por culpa de estos mataron a su esposa. Se acerca con paso ágil a la joven.
-¡Buenas noches! Soy el Teniente Bengoechea de la policía de la provincia, investigo las muertes de Pedro Ramírez y Sergio Lencina, podría hacerle unas preguntas, ¿Usted es Erica Bauman, verdad?
-Eh… si, está bien, a Pedro lo conozco… conocía, si, mi amiga Paula me comentó algo, pero al otro… no se quien es-. Respondió la joven un poco confundida.
-Sergio Lencina trabajaba en la oficina de estudiantes de la Universidad.
-¡Sergio! pero… ¡Está muerto! No, no puede ser, si yo estuve ayer con él en la oficina.
-Justamente, como se que fue a la Universidad, y ahora me informa que habló con él, quería saber si lo noto algo nervioso, si le comento algo que lo inquietaba, bah esto se lo pregunté a todos los que hablaron con el ayer.
-No, para nada, me extrañé yo que me dijera que mi novio anduvo buscándome, él no lo conoce…eh conocía, además mi novio se encuentra en casa de sus padres, en San Pedro. Erica le contó como al pasar al oficial, que la mañana anterior supuestamente había estado siendo observada-¡Qué tremendo! Dos personas que conozco se mueren en menos de veinticuatro horas. Al oír esto el Teniente se asombró y se lo dijo a la joven.
-¡Qué raro! Usted es la única persona que conocía a las dos víctimas.
-¿Qué quiere decir?
-Que usted las conocía, eso, tal vez podría ser un vínculo-. “Y también sospechosa”, pensaba el oficial.- Hasta ahora de todas las entrevistas no obtuve nada claro, con usted es distinto-. Mientras decía estas palabras, observaba la reacción de la joven, esta solo transmitía confusión.
-¿Querés pasar? Está mi mamá, por ahí te puede ayudar en algo, ella fue atacada por un loco hace unos años, no se… digo-. La joven no salía de su asombro.
Entraron a la casa, por la vereda de enfrente pasaba un joven caminando, la campera oscura se ondeaba con los pasos junto a su bufanda roja, con la mano derecha aferraba un maletín grande. El hombre se detuvo un instante, sin ser visto, observó a la pareja que ingresaba al domicilio, hizo un gesto de negación con la cabeza y siguió su marcha.
Alicia, la madre de Erica, es una mujer de cuarenta y siete años de edad, saludó al oficial de policía y sirvió unos cafés. Bengoechea estaba intrigado por el ataque del loco que le había contado Erica. La madre de ésta narró por enésima vez aquel feroz encuentro con el loco Tomás, un asesino y violador, supuestamente ajusticiado por los vecinos, incendiando su casa. Nunca se encontró el cuerpo, pero oficialmente se lo dio por muerto. Cinco años más tarde, luego de unas muertes extrañas, Alicia fue atacada por esta bestia y ella logró darle muerte, como triste recuerdo le quedó una pierna coja y media oreja seccionada. Tras veinticinco años todavía siente escalofríos al contar los sucesos. Bengoechea había leído los archivos referentes a esa historia, nunca se imaginó oír el relato en primera persona de la heroína de aquella noche. El oficial comentó que se pudo establecer con veracidad que el verdadero nombre era Adolf Reichteig hijo de un militar de la SS, fanático de Hitler, que se había escapado hacia la Argentina. Una de las mujeres violadas por el loco Tomás, Laura Villalba, quedó embarazada y tuvo un hijo, pero no soportó semejante golpe emocional por lo que terminó suicidándose. La abuela se hizo cargo de la criatura y se mudó a la provincia de Entre Ríos sin saber la verdad, según dichos de una amiga de Laura que no tuvo más noticias de ellos. Al terminar el policía de relatar la historia de Tomás, recordó lo que Erica le había contado y le preguntó.
-¿Vos dijiste que te habían observado? ¿Viste quién era?- Antes que la joven respondiera puso al tanto de la situación a la madre que miraba atónita a ambos y no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda.
Erica le dijo que no había visto a la persona, su amiga del local vecino, Paula, fue quien le avisó, y según ella era “un chico hermoso”.
-También preguntaron por vos en la Universidad y que alguien se hizo pasar por tu novio, bah, que era imposible que fuera él porque se encuentra en el interior ¿Hablaste con él?
-¡No, que estúpida, ni se me ocurrió!
-Te sugiero que lo llames, pero no lo alarmes-. El oficial anotó algo en su libreta e hizo un llamado, espero a que Erica terminara de hablar con su novio, que al parecer seguía en casa de sus padres.
-Definitivamente alguien se hizo pasar por Mariano ¡Hijo de puta!- Gritó Laura-Y seguro que fue el mismo que mató a Sergio…y a Pedro ¿Y qué? ¿Me está buscando? ¿Para qué? ¡Qué hice!
-¡Por favor Erica necesito que te calmes!-. Le ordenó Bengoechea-Dame el teléfono y si sabes la dirección del domicilio de tu amiga Paula, para saber más de ese muchacho que según ella te observaba.
La joven intento comunicarse con su amiga, pero fue imposible, tenía el celular apagado. El oficial le entregó su tarjeta a la joven y comentó que el día siguiente tendría en parte los resultados de las autopsias y que ya pidió al juzgado una custodia para la casa y para la joven. Saludó a las mujeres y se retiró.
Sábado 10:00 p.m. Paula estaba por cerrar el local cuando entró el joven que había estado por la tarde, a ella le seguía resultando una cara conocida.
-¿Ya estudiaron con Erica?- Preguntó asombrada al joven.
-Nos pasamos unos apuntes, tengo que hacer un trabajo que no puedo postergar.
-¿Qué acá en el local?-Dijo la joven con cara de no creerle.
-No, en una oficina en el centro de la ciudad, reparo computadoras, ¿Vos no viste un celular azul? Pensé que por ahí lo había dejado hoy cuando anduve más temprano, en el tengo el numero del sereno, así me deja pasar a trabajar.
 -No la verdad que no vi nada, en casa tengo una compu que no funciona ¿No te sobra un tiempito?- Preguntó Paula mientras miraba provocativamente al joven.-Disculpa no se tu nombre, yo me llamo Paula ¿Y vos?
-Gustavo, un gusto, y la verdad le puedo dedicar un par de horas a tu compu-. Dijo el joven mirando a Paula de pies a cabeza-Pero no tengo auto ¿No te molesta?
-Pedimos un remise-. Dijo la joven mientras se acomodaba el cabello.
Ambos salieron del local, ella apagó su teléfono celular.
La pareja ingresó al domicilio de Paula, y sin perder un instante comenzaron a desnudarse y besarse desesperadamente. A ella le provocó cierto rechazo el olor a humedad que salía de la ropa del joven, pero pronto se olvidó y se entregó al placer, sus manos buscaron el miembro de él, este le arrancó la ropa interior de un manotazo, y acarició con frenesí los pechos de Paula.
-¡Cómo me calentas guacho!- Le susurró Paula al oído, mientras le mordía el lóbulo de la oreja.
Esto produjo en el joven una fuerte excitación, Paula lo notó y su boca saboreo el sexo de Gustavo. Este se controló mentalmente y empujo suavemente a Paula hacia atrás, ella entendió el gesto y se recostó en la cama.
-¡Por favor decime que tenes forros!- Le dijo en tono de súplica y ansiedad.
-En la valija-. Gustavo se agachó y abrió su maletín.
-¡Dale turro cogeme!- Gritó Paula mientras se acariciaba.
-¡Sos puta igual que todas!- Dijo el joven mientras apuntaba con su ballesta a la joven.
La primera flecha se clavó en la boca de Paula, que no pudo gritar, los borbotones de sangre se lo impidieron y los mismos mancharon su rostro. El segundo proyectil desgarró la vagina de la joven, cuyo cuerpo comenzaba a sufrir los estertores de la muerte. La tercera flecha le perforó el corazón.
El asesino se vistió tranquilamente, luego se colocó unos guantes de látex y retiró con cuidado las flechas del cuerpo de la joven, las guardó en el maletín y limpió los muebles y luego el picaporte al retirase.

Domingo 8 de julio, 9:00 a.m. Erica se asombró que Paula no fuera a trabajar, “salvo que haya cambiado el franco”, pensó la joven. Habían pasado dos horas y Erica intentó comunicarse con su amiga y no obtuvo respuesta, el celular continuaba apagado. Ese día domingo estuvo todo el centro comercial intransitable, la cantidad de gente fue abrumadora. Cuando estaba por terminar su jornada, Erica cayó en la cuenta de que el día se le había pasado rápidamente. A su local ingresó el encargado del local vecino, donde trabajaba Paula.
-¿Che no sabes que le pasó a tu amiga?- Dijo el hombre haciendo un gesto uniendo la punta de los dedos de su mano y moviéndola de arriba hacia abajo-. Ni siquiera contestó el celular.
-No, la verdad pensé que había cambiado el franco, también intente comunicarme con ella y me fue imposible. ¿Qué raro no?
-Si, ella siempre avisa-, dijo el encargado y retornó a su local.
A punto de marcharse y aún sin noticias de su amiga, Erica no dudó y llamó al teniente.
-Mi amiga Paula no vino a trabajar, y su celular sigue apagado, ¡Tengo miedo!- comentó la joven desesperadamente.
-Tranquila, ya salgo para el local-, respondió el policía tratando de calmar a Erica.
Ni bien llegó, comenzó a ordenar una serie de actividades, mandó a buscar al guardia de la tarde y le pidió la dirección del domicilio de Paula al encargado del local, este le comentó que la joven el día anterior se retiró a las 22hs. Bengoechea pensaba que en la hora de cierre, alguien tuvo que haber visto a la joven, el oficial tenía un mal presentimiento y se comunicó con el fiscal Molina, para que este cursara una orden de allanamiento para el domicilio de la joven desaparecida.
-¡Vasco! ¿Vos crees que el loco atacó de nuevo? ah, otra cosa, lo que mató a las víctimas anteriores no fue un arma de fuego-dijo el fiscal en tono esperanzador-¿Qué opinas si te digo que el forense se inclina por algo metálico? una vara o algo parecido, una pequeña flecha tal vez. Quedate tranqui, ya llamo al juez por la orden, nos vemos ahí.
Mientras terminaba la charla el policía vio entrar al guardia.
-¡Buenas tardes! soy Roberto- dijo el hombre con respeto.
-¡Buenas, teniente Bengoechea! dígame ¿No vio algo raro ayer?- le preguntó el oficial señalándose los ojos y la cabeza como indicando que pensara-¿Si la señorita Paula salió acompañada?
-Bueno a Paula no la vi salir, pero muchas veces se mezclan los empleados con el público en la hora de cierre-, dijo rápidamente el guardia y miraba cabía el techo como buscando imágenes que le recuerden algo, y sus ojos brillaron junto a una pequeña sonrisa- Ah si, por la tarde salió un joven de acá del local, que miraba hacia todos lados como para saber si alguien lo observaba, y si, yo lo vi, pero el a mi no me vio.
-Y dígame ¿Por casualidad ese joven era rubio?
-Si era rubio y tenía una bufanda roja, si si, de eso estoy seguro.
-Bien, gracias. Tal vez será usted llamado para ver si encuentra al sospechoso entre las fotos de archivo que tenemos, y si no ayudará a crear un identikit.
-No hay problema, me acuerdo bien la cara del gringo-. Dijo el guardia señalándose la cabeza con su dedo índice.
Bengoechea se percató que Erica se retiraba y la acompaño. Le comentó lo hablado con Roberto, el guardia e invito a la joven a que lo acompañe al sector de remises, quería hacer unas preguntas por allí.
Domingo 6:00 a.m. Gustavo se coloca unos guantes negros de cuero y acelera el paso. El joven retornó a la agencia de remises, la misma que durante el día tiene apostados vehículos en la galería comercial. Buscó al chofer que lo había llevado junto a Paula, este estaba estacionando su auto, Gustavo le pidió hacer un viaje a la ciudad de Buenos Aires, el hombre lo reconoció y le dijo que estaba bien, que subiera mientras el iba al baño. Al salir comentó al coordinador que hacía un viaje a la capital y se retiraba a su casa, al llegar a destino le diría el importe por radio. Habían pasado quince minutos de viaje, el joven abre su maletín y sin que el chofer lo advirtiera, prepara su arma, se encontraba en el asiento trasero. Hace detener el vehículo en una esquina semi oscura, fingiendo reconocer una dirección. El conductor se voltea como para preguntarle algo y recibe el proyectil en la garganta, en la desesperación por sacarse el frío metal, el hombre acciona la bocina, el asesino sobresaltado sale urgentemente del vehículo y abre la puerta delantera del lado derecho y dispara un nuevo proyectil que se clava en el lado derecho del tórax del conductor. Las luces se encienden en algunas viviendas y el joven huye, sorprendido por el desenlace de su obra, dejando las flechas en el cuerpo de la víctima. La bocina sigue sonando, un vecino mira por la ventana y ve un cuerpo en el interior del automóvil apoyado en el volante, y la puerta del lado contrario abierta, no lo duda y llama a la policía.
 Domingo 5:00 p.m. La agencia de remises estaba convulsionada, el teniente averigua que sucedió y le informan del asesinato de un remisero, y según dichos de un chofer, “al parecer fue un loco con arco y flecha”. El policía, al oír los comentarios, se imagina lo peor. Habla con el oficial Gutiérrez, que era la custodia de Erica y le dice que abra los ojos, a la joven le pide que se dirija directamente a su casa, el oficial la llevaría.
-¿No vamos a ir a la casa de Paula?-preguntó la joven algo asombrada.
-No, voy yo solo, allá me estará esperando el fiscal y no quiero exponerla a nada-. Miró a la custodia y le ordenó que se marchen. Acto seguido se comunicó con Molina y le preguntó si sabía algo de un remisero asesinado.
-Mira yo no se nada, me voy a comunicar con mi colega de San Martín a ver si sabe algo. Ya estoy muy cerca al domicilio que me dijiste, te espero así ingresamos juntos.
-Ya salgo para allá, estaré en quince minutos aproximadamente.
Domingo 6:00 p.m. La patada del policía fue certera, la puerta se abrió de par en par, nadie había respondido al llamado.
-¡No toquen nada!-, gritó el fiscal.
-Por acá todo en orden, revisemos el dormitorio-. Dijo Bengoechea- ¡La puta madre! llamá a la científica-ordenó el teniente.
-¡Qué hijo de puta! ¿Qué pensás vasco?-dijo el fiscal agarrándose la frente con la palma de la mano-no parecen balazos y salvo la cama, esta todo en orden.
-Y si, es así nomás como informó el forense-, dijo el teniente, moviendo negativamente la cabeza- al remisero que te comente, según los dichos de sus compañeros, lo mataron a flechazos. Esto si que se volvió tremendo ¡Qué lo parió!
-¿No es demasiado trabajo andar con arco y flechas?
-Capaz que es una ballesta, venía pensando en lo que me habías dicho, es más cómoda, certera y silenciosa. O a lo mejor es un invento casero, que se yo.
En ese momento, Molina recibe una llamada de un fiscal del juzgado de San Martín.
-¡Gracias viejo! Pasame todo el informe…te tengo al tanto…un abrazo.
-¿Es el mismo no?-, preguntó el teniente.
-El muerto estaba dentro del auto, el asesino dejó las flechas en el cuerpo, una en la garganta y otra en el pulmón derecho.
-El primer error, espero que no sea el único-. Comentó Bengoechea mientras observaba el cuerpo de la joven asesinada.
Mientras esperaban a los peritos policiales, ambos se pusieron de acuerdo en los pasos a seguir. Se informaría que el remisero murió por efectos de las heridas causadas por varas de hierro. Se ocultará la existencia de flechas y la relación entre las muertes y se tendría sumo cuidado en que no se filtre información para la prensa. También se entrevistará urgentemente al vigilador que vio al sospechoso.
Bengoechea llegó a la casa de Erica y la puso al tanto de la situación, la joven no realizó ninguna escena de nervios. Ella se había estado imaginando y preparando para recibir la peor noticia. Mientras tanto Alicia abrazó a su hija y luego, secándose las lágrimas, se dirigió a la cocina a servir café.
-Mientras venía para acá se me ocurrió algo, espero que lo tomes a bien, es para tu seguridad-. Dijo el teniente.
-Vos sos el experto.
-Tomá, vas a usar este chaleco antibalas, hace frío y la ropa lo va a disimular-. Comentó el policía a la joven e indicaba como colocarse el chaleco,-También a partir de mañana, luego de que le coloquen un refuerzo, vas a usar un cuello ortopédico-. Dijo Bengoechea mientras miraba a los ojos de Erica,-suena a desesperación ¿No?
-Lo del chaleco lo entiendo pero ¿El cuello?
-Aparentemente el loco ataca con una ballesta y todas las víctimas tenían heridas en la garganta, se supone que es para que no griten-, dijo el oficial haciendo ademanes con las manos-. Para usted también hay uno-, comentó y mostró un chaleco para Alicia.

Lunes 9 de julio, 11:00 a.m. Roberto, el guardia, no encuentra ninguna foto del sospechoso en el archivo de la policía, entonces ofrece los datos para confeccionar el identikit del mismo.
-¡Ajá! Está igualito el gringo, taría bueno en colores che, si si-. Comentaba asombrado el guardia.
El teniente lo felicitó por la memoria y le dio su tarjeta. Afuera, el invierno se hace sentir con todo su rigor; empieza a nevar en la ciudad.
Lunes 3:30 p.m. Roberto hace una hora que comenzó a trabajar, pero siente todo su cuerpo dolorido y con síntoma de fiebre. El guardia saliente, que todavía se encontraba en el lugar, le dice que se retire a su casa, que él sigue hasta que llegue el suplente pues al verlo tan mal a Roberto ya había hablado con la base para que lo envíen. Al retirarse el hombre enfermo pudo ver caminando por el centro comercial a Gustavo, este se dio cuenta que el guardia lo observaba con interés, por instinto aferró el maletín que llevaba con él, entro en un local de ropa informal desde donde podía ver al uniformado, este efectuó un llamado con su celular y se dirigió a buscar un automóvil que lo acercara a su hogar. Gustavo intuyo que algo no andaba bien y con maestría robó un vehiculo del estacionamiento y se adelantó al auto de alquiler y lo esperó en la esquina siguiente, cuando pasó el remis, el asesino lo siguió. El guardia descendió dos cuadras antes de su casa, quería comprar un analgésico en la farmacia. Después de realizar la compra se dirigió a su domicilio, a una cuadra del mismo se encuentra un terreno baldío al llegar allí oye que lo llaman desde un auto, al ver quien era se sorprendió. La flecha se le incrustó en la garganta e hizo trastabillar al hombre que cayo de espaldas en el suelo, que ya presentaba rastros de nieve acumulada. Rápidamente el criminal se arrimó al cuerpo del infortunado Roberto, el siguiente proyectil desgarró su corazón. Haciendo un esfuerzo el asesino arrastró el cuerpo inerte hacia el fondo del terreno dejando un rastro de sangre que teñía la nieve. Prácticamente arrancó las flechas del cuerpo y huyó del lugar.
Lunes, 4:30 p.m. Bengoechea llega a la galería comercial, se fija en los locales próximos al de Erica y pregunta por el sujeto del identikit, que gracias a las bondades de la tecnología ahora tiene color. Una señora dijo que había visto alguien muy parecido en el local de ropa informal cerca de la salida Oeste que linda con los estacionamientos de ese sector. En dicho local le informan que no había realizado compras, y que estaba como observando la salida, eso habría ocurrido hace unos treinta minutos aproximadamente. El teniente recordó que fue más o menos cuando lo llamó Roberto y que fue él quien le sugirió que se marchara a su casa, en el estado que se encontraba no era justo que se quedara aguardando. En la agencia de remises, que conocían al hombre de seguridad, comentaron que fue llevado a su casa. En ese momento alguien comenta que un auto fue robado del estacionamiento de la galería. El oficial no lo dudó y junto a dos policías que lo habían acompañado se dirigieron al domicilio del guardia y por radio pasaron los datos del auto robado.
Lunes, 6:00 p.m. El cuerpo del infortunado guardia es encontrado y rápidamente se comunica con la policía científica, el teniente llama a Molina, le narra lo sucedido y le informa que dos oficiales se quedan aguardando en el lugar, él se dirige al domicilio de Erica.
-¡Qué hijo de puta! estuvo así de caer- maldecía la joven que no salía de su asombro, mientras observaba el dibujo del sospechoso, a esta altura culpable, -Me resulta conocido, yo lo vi, en algún lado pero no en el local- comentó la joven.
-De todas maneras ya informé a tu custodia, que se encuentre alerta, y ante cualquier sospecha que me llame.
-¡Gracias!- dijo Alicia, la madre estaba consternada por lo sucedido.

Martes 10 de julio, 10:00 a.m. El campus universitario se encuentra con un manto blanco, al igual que algunos árboles que lo rodean. Erica ese día trabajaba por la tarde, había cambiado el turno con una compañera que lo necesitaba y ella aprovechó para ir a la biblioteca de la institución, tenía que devolver unos ejemplares. El custodio se quedó en el buffet, desde donde controlaba si entraba alguien sospechoso. Erica le había informado que no había por que temer, se encontraban algunos estudiantes haciendo fila para retirar o devolver libros. Del baño de hombres sale Gustavo, se había cortado el cabello y se lo había teñido, llevaba puesto un gorro de lana, común de color negro, se paró en la fila detrás de la joven, a esperar su turno. Mientras esperaba, Erica percibió ese olor a humedad, que había sentido ya una vez. Se acordó, había sido en la biblioteca, era un muchacho rubio el que tenía ese olor. “¡El mismo del identikit… el asesino!” pensó la joven. Sintió que sus piernas se aflojaban, hizo un esfuerzo enorme por no caerse y a la vez, no quiso voltear para ver quien estaba detrás de ella. Fingió buscar algo en su mochila y se dirigió a la salida. Reflejado en un vidrio pudo ver por el rabillo del ojo que no era rubio, o al menos eso parecía, pero tenía el mismo camperón negro y la bufanda roja. Al salir, Erica giró hacia la izquierda, buscando el pasillo que pasaba entre aulas y laboratorios y llamó al custodio.
-Tiene el pelo oscuro, o algo oscuro en la cabeza, campera negra…bufanda roja… y jeans-le dijo la joven casi a los gritos-, ya me vas a ver salir por la unión de los módulos.
-¡Te veo, tranquila!-. El custodio ya corría en dirección de la joven-, tranquila, tranquila, veo si lo puedo ubicar en la biblioteca, anda al buffet, con gente no va a hacer nada ¡Llamá al teniente!
 La joven se dirigió al bar, pero antes ingresó al baño de damas, necesitaba mojarse la cara para calmarse, era un recurso que lo usaba cuando estaba nerviosa. El policía ingresó a la biblioteca mostrando su placa en el mostrador, comentó que necesitaba ver si había alguien sospechoso en la sala de lectura, ya que en ese lugar donde estaba la fila no estaba. El joven que atendía le dijo que no había problemas que pase, que de todas maneras había cámaras en la sala y le mostró el monitor y justamente se divisaban a dos personas leyendo. Cuando ingresó el policía a la sala, Gustavo cortó los cables de las cámaras que enfocaban esa parte, él sabía que esos equipos tenían un ciclo por cámara, eso le daría tiempo para lo que tenía pensado. En el momento en que las cámaras enfoquen y se den cuenta que no funcionan, él ya no estaría. Gustavo apunta al joven que leía y se le clava una flecha en la garganta y luego otra en el ojo izquierdo. En ese instante se asoma Gutiérrez desde el pasillo central de la sala y es frenado por un proyectil que le perfora el cuello y lo impulsa hacia atrás. El policía desde el piso intenta sacar su arma, es imposible, Gustavo mientras tanto ya había colocado la segunda flecha en la ballesta, y dispara, el proyectil le destroza el corazón. Rápidamente el asesino arranca las flechas de los cuerpos, sin el menor cuidado salpicando libros y estantes con sangre y restos de carne de los infortunados, y las arroja dentro de una bolsa que tenía debajo de la campera. Al salir de la sala les grita desesperado a los jóvenes del mostrador que el policía los llama. En ese momento se genera un momento de confusión, no habían pasado más de dos minutos, y Gustavo huye. Al salir del pasillo en la unión de los módulos, junto a la escalera que está al lado del baño de hombres, se detiene. Allí había dejado su maletín en el cual arroja la bolsa con las flechas, la ballesta y se dirige luego al módulo número tres, buscando la salida por el estacionamiento.
Martes 10:30 a.m. Erica al salir del baño ve que hay movimientos en la garita de seguridad que está justo frente al buffet. No lo dudó y sale apresurada hacia la biblioteca, el teniente le había dicho que no se moviera, pero eso con la joven era imposible. Ella no había visto la salida del asesino, al llegar al pasillo que pasa entre aulas y laboratorios alcanza a ver cerca de de la escalera unas gotas de sangre. La joven se detiene y observa hacia arriba y luego el camino que lleva al módulo tres. Se apresura e ingresa al mismo y logra ver la puerta en movimiento al final del pasillo. Apura sus pasos, y mientras intenta comunicarse con el teniente escucha un ruido y se detiene.
-¡Hola! ¡Hola! ¿Erica qué pasó? Lo llamo a Gutiérrez y no contesta-, se escucha la voz del oficial en el teléfono.
-Estoy en el módulo tres y no se lo que pasó, pero vi manchas de sangre en el piso y me asusté-, dijo la joven algo afligida.
-Quedate en un lugar seguro, ¡Te dije que no te movieras! en diez minutos estoy por ahí, la policía de la zona está avisada-. Mientras cortaba la comunicación Bengoechea pensaba “la mierda que esto viene mal, muy mal, ¡La puta madre!”.
Erica ya no escuchaba, estaba observando sigilosamente a través de los vidrios de las puertas de las aulas, estas estaban vacías. La joven estaba llegando al pasillo transversal al final del módulo y aproximadamente a dos metros del cruce de pasillos suena su celular, irrumpiendo el silencio del lugar, ella baja su mirada buscando su bolsillo y ve una sombra en el piso. Cuando alza la mirada lo único que atina es a llevarse las manos al cuello como cubriéndose del frío. La flecha le atraviesa las manos y se clava en el cuello ortopédico, el cuerpo es llevado hacia atrás por el impulso, al tener las manos fijadas a su cuello, Erica intenta cubrirse como puede con los brazos doblados pegados a su cuerpo, una flecha se le clava en el pecho y la joven cae pesadamente, golpeando su cabeza contra el piso. El asesino oye pasos y escapa hacia el estacionamiento.
-¡Erica!- grita Bengoechea- ¡La puta que lo parió! ¡El estacionamiento, la puta madre!- mientras se acerca a la joven el oficial realiza un llamado- Al módulo tres una ambulancia ¡Rápido!
Martes 11:00 a.m. Una ambulancia lleva a la joven al hospital. Bengoechea se encuentra en la biblioteca, se pone de cuclillas y se agarra la cabeza con las manos, en un típico gesto de desazón. Por su parte Gustavo, que se había escondido en la caja de una camioneta que estaba en la parte de atrás de la Universidad, sabe que la policía no lo vio, decide apresurarse y escapa en un auto robado. Ahora que se encontraba a salvo, ingresa a un bar, necesitaba tomar un café. Mientras tanto, la gente en la alta casa de estudios no salía de su asombro.
Martes 11:30 a.m. La policía científica llega al lugar e inicia los trabajos de peritaje, y los oficiales de justicia comienzan a preguntar a los testigos. La ronda no fue muy larga y solo dos personas no estaban seguras del color de cabello del asesino, las demás coincidían en que era oscuro y estas estaban convencidas de que el rostro del identikit era el que habían visto. Uno de los jóvenes que atendía dijo haberlo visto un par de veces, había sido el día viernes y el sábado pero nunca se llevó un libro, solo se había dedicado a la lectura, de haber ocurrido tendría sus datos en el sistema. En las imágenes captadas por las cámaras no se pudo apreciar mucho. Uno de los lectores se para y se dirige hacia la cámara cubriéndose el rostro, la imagen se interrumpe. “El asesino conocía el lugar, lo había estudiado”, pensaba el teniente. Antes de marcharse, les dice a los peritos que investiguen el módulo tres y a los policías que revisen el estacionamiento y si alguno de los obreros que se encuentran trabajando en la parte trasera vio algo, muy en su interior el teniente sabe que eso va a ser inútil. “No hay huellas”, pensaba Bengoechea, “solo un identikit, el hijo de puta sabe lo que hace.”

Miércoles 11 de julio, 10:00 a.m. Erica se encuentra internada en terapia intensiva. El chaleco antibala y el cuello ortopédico, no permitieron que las flechas cumplieran su cometido. Lo que más afectó a la joven fue el golpe en la cabeza, “sus manos están intactas” fue el comentario de los médicos, había tenido la suerte de que las flechas solo rozaron sus dedos. Afuera del hospital se encontraba la prensa tratando de averiguar el estado de salud de Erica. La noticia de la nevada había pasado a segundo plano, los medios y su público estaban ávidos de sangre. La televisión y la prensa amarilla, empezaron a comparar el hecho sangriento con las matanzas ocurridas en Estados Unidos y comentaban que había sido protagonizado por un estudiante celoso y resentido con un grupo de estudiantes. Nada más alejado de la realidad, el fiscal Molina y el teniente lo sabían. Ambos se encontraban mirando a los periodistas a través de la ventana, el policía cruzado de brazos, el oficial de justicia con las manos en los bolsillos de su pantalón.
-Estos con tal de vender, inventan cualquier excusa-, dijo el oficial ofuscado.
-No te hagas problema vasco, déjalos que hablen, por lo menos no lo vinculan con los otros asesinatos-, lo calmó el fiscal- encárgate que no se filtre, yo a los míos ya los advertí.
-Si, si, también hablé con los médicos para que informen que la piba está así por “los fierros” je-, respondió el policía- solo espero que se recupere, poder hablar con ella y que me de su versión de los hechos.
-Si, es importante también hacerle creer a ese hijo de puta, que aún cuando se reestablezca Erica, ella sigue grave-.Aseguró Molina.
El teniente se quedó pensativo, su mente escudriñaba como habían sido las muertes hasta el momento. “¿Por qué la sigue a Erica? No me cuadra… no me cierra tampoco las otras muertes, puede ser para no dejar testigos, en todas estaba solo con las víctimas y eran con quienes había hablado… ¿Pero el guardia? eso podría ser venganza, se dio cuenta que fue él el que lo batió. Lo de la biblioteca sería un acto que se le fue de las manos… tanta gente, exponerse así, se cuida que no lo filmen las cámaras pero afuera hay testigos. El sentirse acorralado tal vez provoque que no razone perfectamente, no se… es muy loco todo esto”. Cuando el teniente terminó su pensamiento un brillo especial apareció en sus ojos, Molina se lo advirtió, mientras lo señalaba con el dedo.
-¿En qué pensas vasco? te conozco, y esa mirada es por que se te ocurrió algo ¿O me equivoco?- dijo el fiscal mientras le ponía la mano sobre el hombro.
-Vas a decir que estoy loco, pero es eso lo…lo que me sorprendió, si esa es la palabra.
Molina lo observaba con cara de no entender nada.
-Si, no me mires así. Mira te lo digo por que sos vos ¿Sabes en que pienso? pienso en el loco Tomas y en el hijo que dejó. Alicia, la madre de Erica, fue la que le dio muerte. Él bien podría haberse enterado hijo de quien era y por eso, vengar a su padre, hoy tendría veintitrés…veinticuatro años más o menos, en vez de la madre va por la hija. Tengo entendido que la locura no es hereditaria, puedo estar equivocado, pero esto se parece mucho-. El teniente miro a los ojos del fiscal-¿Qué pensas boga? ¿Podría ser no?
Molina lo miraba y entrecerraba los ojos, y mientras giraba la cabeza de manera negativa en sus labios aparecía una sonrisa.
 -¡Sos un loco hijo de puta! dale para adelante, en verdad es muy loco pero te banco-, comentó el fiscal, y mientras alzaba su dedo índice agregó-Voy a pedir dos custodios para la madre, acá ya lo tenemos cubierto.
-Si, está bien, habría que mandar a investigar en las armerías quien compró una ballesta, no es una clase de arma que se venda todos los días. También en algún club de tiro, no hay demasiados polígonos por la zona, esto no puede ser complicado-. Bengoechea buscó un número telefónico en su celular,-tengo un amigo fotógrafo que practica tiro al blanco, quizás pueda ayudarnos-. El oficial ya se dirigía a la salida del nosocomio.

Jueves 12 de julio, 9:00 a.m. A Bengoechea le informan de los resultados de las pericias. El laboratorio analizó unos cabellos encontrados cerca del cuerpo de Paula y en la alfombra de su habitación; se los comparó con otros encontrados en el asiento trasero del remise, en el cual se asesinó al chofer. Entre estos había algunos que tenían idéntico ADN a los hallados en primer término, “o sea que estuviste en los dos lugares ¡Hijo de puta! más los fiambres de la biblioteca, Roberto…solo faltan los asesinatos de Pedro, el primer guardia, y de Sergio, pero todo me indica que fuiste vos ¡te voy a meter en cana!” pensó el policía. Acto seguido realiza un llamado a los sabuesos de criminalística.
-Che polaco ¿te fijas si los datos que encontró laboratorio concuerdan con algún caso anterior?-, pidió el policía.
-Hola, te me adelantaste vasco, pensaba llamarte, concuerda el ADN con el encontrado en los asesinatos de las tres cogotudas ¿te acordás?-, preguntó el oficial Albornoz, tal era su apellido, y sin esperar respuesta prosiguió,- la cagada es que no tenemos de quien es, nos falta un portador, un culpable ¿Fue hace dos años no?- esta vez esperó la respuesta.
-Si, si… ¡Qué mierda! el guacho esperó todo este tiempo… ¡Y se cargó a siete el mal parido! si no lo paramos la próxima tanda llega a la docena-, se quejaba el teniente-. Gracias polaco, te debo una.

Martes 17 de julio, 11:00 a.m. Pasó una semana del último suceso, al fiscal Molina tuvieron que intervenirlo quirúrgicamente de urgencia por una apendicitis, pero pidió al teniente Bengoechea que lo tuviera al tanto. Este por su parte pospuso una operación de vesícula que tenía programada, el caso lo obsesionaba. Su amigo fotógrafo le comentó que conocía dos fanáticos de las ballestas, después le alcanzaría sus datos, creía que tenía fotos de ellos. Del hospital lo llamaron y le comunicaron que Erica salió de terapia intensiva, pero su estado seguía siendo delicado. El oficial se recostó en su asiento y suspiró.
- Esto va a llevar tiempo- se dijo, mientras empezaba a ver el expediente del caso de las tres mujeres asesinadas. Ya había pedido a su superior que lo dejara ir unos días a la provincia de Entre Ríos, eso sería la semana próxima.

Lunes 23 de julio, 10:00 a.m. Bengoechea llega a la ciudad de Paraná, capital de Entre Ríos. Se encuentra con su amigo Carlos Beltrame, Teniente de criminalística dependiente del juzgado de dicha ciudad.
-Te busqué los datos que me pediste por mail de esa tal Villalba. Cosa interesante, las tres mujeres nacieron acá en la capital y todas algún tiempo vivieron en Buenos Aires y luego volvieron, bah la menor no. La gurisa vivió hasta los diez años con su abuela en General Ramírez hasta que falleció la anciana y se fue a vivir con su madre, la casa la quedó cuidando un primo suyo, soltero.-Comentó el policía entrerriano.
-Ajá, y después de fallecida la piba allá en San Miguel, la madre se vino con su nieto a la casa materna y…
-Si, pero eso hasta unos cuatro años atras- interrumpió el policía local- que se incendió la casa, se encontraron los tres cuerpos calcinados y terminó la historia.
Bengoechea lo miraba atónito, no podía creer lo que estaba escuchando, su corazonada se venía abajo como castillo de naipes.
-¿Tenés alguna foto del pibe, o algo parecido? No se si pudiste ver la imagen que te mandé del asesino que estoy buscando- le preguntó mientras lo miraba incrédulo.
-Te encontré una foto de cuando el gurí iba a la escuela, a séptimo grado. De la secundaria no te pude, solo me dijeron algunos que él era reacio a las fotos, esa actitud los desconcertaba. Dentro de todo era una familia bastante común sin nada raro.- Le respondió Beltrame, entregándole la foto y cerrando una carpeta.
El policía bonaerense miraba la foto y le asombró la pálida delgadez del niño y aparentaba menos de doce años.

Miércoles 25 de julio, 03:00 p. m. En Ramírez recordaban al joven Gustavo Villalba como una persona inteligente, pero sin amigos, solo tenía compañeros de estudio. Había sido un adolescente de aspecto desgarbado, pelo lacio largo y rubio. Muchos dudaban si el muchacho del identikit era Gustavo, todos recordaban su extrema delgadez, además para ellos él joven había muerto en el incendio, aunque un par de compañeras veían en los ojos de la imagen, la mirada del ahora difunto. Muchos se sorprendieron por qué preguntaba por el finado y varios contaron que casualmente, luego del incendio, circuló la versión de que los cuerpos encontrados eran de contextura normal a robusta, y que no había uno que fuera delgado como Gustavo, pero como sucede siempre, el tiempo hizo que pronto se olvidara aquella historia. El Teniente se interesó por el comentario y se lo preguntó a las chicas que veían el parecido en la mirada:
-¿Ustedes que recuerdan de la historia de los cuerpos encontrados después del incendio?
-¡Si! hubo una especie de leyenda con eso- dijo la más alta de las jóvenes- yo en su momento lo creí, me acuerdo que discutía con su abuela y el tío. Eso si ¡Siempre dentro de la casa! Afuera era un señorito, por eso pensaba que los había matado y se mandó a mudar.
-¡Si! ¿Te acordás también como se escapaba del cole y nadie lo veía?- se sumó la otra joven de nombre Cintia- Y porái ¿Quién le dice Don? ¡Era un gurí raro!
Bengoechea se enteró además que solía jugar al ajedrez con un viejo en la plaza, frente a la terminal de ómnibus, pero el anciano había muerto el año pasado.
-¡Pobre el abuelito! Había jugado una partida con un viajero que tomo el micro pa’ Buenos Aires, le dio un ataque, eso que era sanito y se quedo durito ahí nomás, al lado de donde jugaban los gurises-comentó Cintia moviendo la cabeza y con gesto triste.
El Teniente comenzó a sentir que las sienes le latían y pensaba, “son pequeñas sutilezas que no me cierran por ningún lado, demasiadas muertes dudosas”.

Jueves 26 de julio, 11:00 a. m. El día había amanecido frío, y los últimos pastos escarchados se comienzan a marcar con las pisadas de la gente. Bengoechea se había dormido tarde, no pudo averiguar nada más sobre Gustavo Villalba. A éste literalmente, se lo había tragado la tierra, o sinceramente, “ya estaría bajo tierra”, pensaba el policía. El teniente sentía que esta vez el destino le había jugado una mala pasada. Su siempre acertada intuición esta vez, no rindió lo esperado. Muy a su pesar emprendió el retorno a Buenos Aires. Comenzaba a nublarse espesamente, amenazaba una tormenta. Mientras tanto del micro que había llegado a la Terminal de ómnibus de Ramírez, descendía un grupo de gente bulliciosa, muy atrás un joven silencioso, se acomodaba su bufanda roja.
Copyright: Luis M. Morales 2011/2012