viernes, 28 de noviembre de 2014

DESTINOS CRUZADOS


Llueve, hace mucho frío, el hombre solo tiene en su mente un vago recuerdo de lo que fue aquel cuerpo…femenino, suave y sensual. Se levantó de la cama y como todas las mañanas se dirigió a darse un baño. Ya desnudo se paró delante del espejo, no era lo que se dice la mejor de las visiones, le ardían los ojos y sentía la boca pastosa.
-¿Y ahora qué?-, le preguntó al que lo miraba desde el espejo.
-…
-No importa si no contestas.
Abrió la canilla de agua fría, y el golpe helado terminó de despertarlo. La soportó estoicamente y luego fue abriendo poco a poco la de agua caliente, el vapor inundó el cuarto de baño. Ya seco se miro al espejo nuevamente y decidió no afeitarse. Eligió la ropa sin ver, unos jeans gastados, zapatillas, un suéter abrigado de color negro y un sobretodo. En menos de dos minutos se encontró caminando en la vereda. La lluvia había cesado, el frío seguía, agosto no es un mes cómodo en su almanaque mental. Mientras caminaba esquivaba los pequeños charcos de agua que siempre se forman en la vereda de su barrio. Todo era agua y gris, como sus ojos. Entró en el bar que se encontraba en la otra cuadra y se sentó al lado de una ventana, de allí podría observar a la gente, parte de la ciudad o la nada misma. Pasó el tiempo, la taza de café estaba vacía y el cenicero cobijaba cuatro colillas. Los recuerdos lo invadieron nuevamente, como es costumbre últimamente, “cuanto amor había dado ¿Será esa mi constante? la de brindarme por entero ¿A favor mío o de otro?” pensó el hombre.
De un taxi descendió una joven, hermosa, al menos para él. Entró en el bar y se sentó en la mesa de enfrente. Tenía la mirada perdida al igual que sus pensamientos. “Me parece que no soy el único ser solitario” pensó el hombre. Sin más preámbulos se dirigió hasta la mesa donde estaba la joven y se sentó.
-¿Molesto?-, le pregunto mirándola fijamente a los ojos.
-No...No molestas, me da lo mismo-. Respondió reteniendo un poco la mirada para luego bajarla. Un tenue rubor cubrió su rostro.
Hablaron del tiempo, la crisis actual y la violencia, de música y de cine, entre varios temas más. Los cafés se sucedieron y tomaron cuenta que aún no se habían presentado.
-Me llamo Mirta ¿y vos?
-Roberto y la verdad creo que me encuentro solo igual que vos ¿o me equivoco?-, pregunto el hombre mientras encendía un cigarrillo.
-Puede ser, sos buen observador-. Respondió la joven, mientras revolvía un café inexistente.
-Aunque no reniego de mi soledad, por momentos la amo-, dijo Roberto cerrando el puño derecho.
Ella sonrió por la aclaración y le contó que tampoco le molestaba estar sola, aparte estaba estudiando y le venía bien para preparar unos finales que tenía que rendir. Él le dijo que estaba estudiando periodismo y que escribía de vez en cuando en una revista de actualidad, aunque su sueño era poder editar un libro. Le dijo también que en el fondo era un romántico, tenía una novela escrita, solo faltaba el visto bueno de alguna editorial.
-¿Estas enamorado de alguien?-preguntó Mirta.
-Si, de la vida. Lo que pasa es que soy un tipo medio extraño, veo las cosas de otra manera y eso es lo que la gente no entiende de mí. Siempre digo que la persona que quiera estar conmigo tiene que aguantarse mis rayes. Es lindo estar acompañado, pero a veces me viene ganas de estar solo, y eso no lo puedo evitar-. Aclaró Roberto moviendo negativamente la cabeza.
-La soledad creativa que le dicen ¡estoy solo y pienso!-, dijo Mirta, extendiendo los brazos para luego apretarse las sienes y cerrar los ojos.
-Es verdad, aunque te parezca gracioso es así. Además lo aprovecho para hablar solo, locura principiante quizás-, comentó el hombre, señalándose la cabeza.
-Que interesante, ¿y te pones de acuerdo alguna vez?
-Hay veces en que me dan ganas de agarrarme a trompadas…- dijo el hombre, mirándola seriamente y luego estallaron en carcajadas.
-La verdad que estás loco… bueno me tengo que ir a estudiar, me gusto la charla-, dijo la joven mientras se ponía de pie.
-A mi también, toma, si queres llamame-, dijo Roberto y le alcanzó una tarjeta.
-Okay, chau loco-, dijo Mirta, mientras se agachaba y le daba un beso en la mejilla.
“Ahora quiero estar acompañado, ojala me llame” pensó Roberto mientras observaba como la joven subía al taxi y se marchaba. Llamó al mozo, pagó y se retiró del bar. Caminó sin dirección, saboreando el viento frío que pegaba en su cara y pensando en Mirta. Se estaba enamorando, lo sabía por esa rara sensación que sentía en su pecho.
Habían pasado dos semanas y de la revista le anunciaron a Roberto que tendría una columna fija, además, había una editorial interesada en publicar su novela. Faltaba algo, lo sabía, tenía que llamar a Mirta, lo hizo al día siguiente, era jueves por la mañana. Se habían visto un par de veces más y solamente se habían besado a través de las miradas, era algo especial e intenso. Él le contó todas las buenas noticias, y también le dijo que la amaba y quería que viviesen juntos. La respuesta fue positiva, ella le dijo que no había dejado de pensar en él. Quedaron en verse el sábado, en el bar donde se conocieron y arreglarían todo lo concerniente a la convivencia.
El viernes al mediodía Roberto recibe un llamado al teléfono de su departamento.
-Hola ¿Quién habla?
-¿Roberto García?-, pregunta una voz gruesa del otro lado de la línea.
-Si ¿Qué desea?
-Mire, soy el Doctor Manuel González, de la Clínica Rivadavia, en los documentos de la señorita Abad encontré su tarjeta, lo llamaba para decirle que Mirta Abad tuvo un accidente ¿Usted la conocía?- El término en pasado alertó a Roberto, su corazón latía a mil por hora.
-…
-Hola, hola ¿La conoce?
“Este tipo está jugando conmigo, la conocía, la conoce” pensaba Roberto- ¿se encuentra bien? atinó a preguntar.
-Si, si, no se preocupe, solo hay un problema- el médico esperó una pregunta, como no la hubo siguió hablando- Son sus piernas…no responden, ah no le expliqué, ella fue atropellada por un auto… ¿Hola, me escucha? ¿Hola?
Roberto había colgado y se disponía dirigirse a la Clínica Rivadavia. Buscó en la guía el teléfono de la misma y su dirección, “no está tan lejos” pensó. Ya en la acera bajo la lluvia pensaba, “cuando llegue a la clínica voy a hablar con ese doctor estúpido, Dios quiera que no sea nada grave”. Él no había alcanzado a oír lo referido a las piernas de la joven, mientras con sus manos temblorosas encendía un cigarrillo y llamaba un taxi.
-¡Rápido a la Clínica Rivadavia, por favor!
El taxista no se hizo rogar y partió velozmente, “pobre tipo, que mal se lo ve, espero que no se desmaye acá en el auto” pensaba el chofer.
Las luces de los semáforos comenzaban a reflejarse en el asfalto, la llovizna se transformó en diluvio, las bocas de tormenta no daban abasto, las calles empezaban a inundarse. Roberto confundió la luz de los faros con un relámpago, el golpe fue tremendo, algo frío atravesó su pecho, de repente vió todo rojo…todo negro.
El sol de enero se hacía sentir sin miramientos, la rehabilitación no había terminado todavía pero al menos, la joven se movilizaba con bastones. Mirta leía los versos de un poema que Roberto le había escrito.
“El aire se vuelve rosa
en mi soledad ondulante,
voy en ella y con ella,
sonriéndole a la muerte
hablando solo o con alguien,
pero a vos, sin dejar de amarte.” R.G
A pesar de ser verano el cementerio es frío, triste y gris. La novela “Dialogo con uno mismo” de Roberto García se había convertido en un gran éxito. Mirta había encontrado los originales en el departamento del escritor, escribió el prologo y la editorial lo publicó. Ella dejó el ramo de flores y se marchó, con lágrimas surcando su mejilla recordó las últimas palabras del libro, “hoy me encuentro bien en la libertad de mi soledad, que no es la muerte como muchos piensan”.

L. M. noviembre 1987.



No hay comentarios:

Publicar un comentario